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lunes, 29 de octubre de 2012

Vale, lo que tú digas...

Solo he tenido dos números de móvil. El primero fue un mobiline o como se llamaran aquellos primeros ladrillos analógicos. Poco tiempo después entré en la modernidad digital de la mano de Airtel. Dos números, no más. Esta circunstancia, no sé si habitual o extraordinaria, me coloca en una privilegiada posición moral para murmurar por lo bajo un "...vale, lo que tú digas...". Me explico.



Fue el otro día, y no fue el primer caso, cuando me cruzo con un antiguo conocido. Me aborda: 

-¡Hombre,  Jota, cuánto tiempo! Llevo una vida queriendo llamarte, chico, pero no tengo tu nuevo número -callo, sonrío y espero que siga; reacción que el fulano no esperaba. Silencio denso. Por fin balbucea...-, no era nada, solo que me acuerdo de ti y me digo, este hombre, qué será de él. Con todo lo que hemos vivido juntos, ¿verdad?

Lo curioso es que el tipo no quiere nada, le hubiera bastado con un afectuoso saludo y las protocolaria pregunta de "¿cómo te va?". Aguanto durante unos segundos el silencio y su mirada, me ajusto media sonrisa de circunstancias y saco mi móvil. Busco en la agenda su número, lo tengo. Marco y le suena el teléfono. Lo mira, tiene registrado mi nombre, me mira, permanece en silencio hasta que suelta un "¡coño, pues no lo has cambido!, jo tío, tú siempre tan guasón. Chico, la cosa es que se me cayó el móvil al retrete y perdí toda la agenda, pero mira por dónde el tuyo lo tenía en una tarjeta de seguridad. ¡Oye, que ahí solo tengo los números Vips, no creas!" Mantengo el silencio y relajo el gesto hasta conseguir una media sonrisa gioconda que desarma al contrario. Confieso que yo estaba disfrutando como un patanegra. Fuerzo el silencio hasta que el otro revienta:

-Bueno, cuéntame cómo te va, ¿sigues con el negocio del espionaje privado? Precisamente le comentaba a un amigo común si no estarías espiando a la Merkel, ¡qué, no me digas que he acertado...! -y el cabrón soltó una carcajada más falsa que la promesa de un político.

Sin desdibujar mi media sonrisa gioconda y mordiéndome la lengua para no gritarle gilipollas, saco una tarjeta de visita del Búho Bizco y se la doy en silencio. El tío la coge, la mira, le da la vuelta y en medio de un resoplido exclama un ¡joder tío, es verdad!, mira que me lo habían dicho: que el Jota se ha quedado con el Búho, pero la puta casualidad de que cada vez que voy a verte no estás...

Le doy un golpecito en el hombro y susurro un "...vale, lo que tú digas...""


domingo, 23 de septiembre de 2012

Perded toda esperanza...


La inscripción en la puerta del Infierno




Antes de mí ninguna cosa fue creada
sólo las eternas, y yo eternamente duro:
¡Perded toda esperanza los que entráis!»


Estas palabras de oscuro tono
vi escritas en el dintel de una puerta:
Y dije: Maestro, me es duro el sentido.



Fragmento de la Divina Comedia. 
El Infierno: Canto III
Dante Alghieri


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Mientras busco un número de teléfono en la agenda del móvil, se cuela, de pronto, sin esperarlo, un nombre en la pantalla. Suelto el botón que ordena la búsqueda y leo el nombre una y otra vez. Ahora solo lo miro, lo miro en silencio, con las entrañas encogidas. Pasan los segundos sin atreverme a dar la orden. Dos minutos eternos con la memoria en ebullición y la mirada clavada en el nombre. Hablo conmigo: ¡bórralo!; sí, es lo lógico -me respondo-, lo suyo es que lo borre. Le doy a "opciones" y desplazo la pantalla hasta que aparece "Borrar contacto". Lo siguiente es "seleccionar" la opción. Dudo. Mi dedo pulgar acaricia el botón. ¡Ufff!, habrá que hacerlo. Presiono convencido de que desaparecerá la entrada. Pero el móvil, hijoputa, me pregunta si estoy seguro de que quiero eliminar el contacto. En pantalla, un "sí" y un "no". Paseo mi pulgar de una respuesta a otra. Una vez y otra, y otra. Cierro los ojos y aprieto el sí. Ya es definitivo. Es ahora, justo ahora, cuando eres consciente de que la ausencia es definitiva. Para siempre. Sin esperanza de que vuelva. "Perded toda esperanza...". Miras la pantalla del teléfono y, aun sabiendo que ya no está, buscas el nombre en al agenda. Confirmado, ha sido eliminado. Eternamente. "Me es duro el sentido"

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Lo terrorífico no es el lugar, es el tiempo. Dante, en la puerta del infierno, no detalla los sufrimientos que esperan a los que crucen la entrada; es más cruel, les dice que pierdan la esperanza de salir. Entrarás y sufrirás sin esperanza de escapar. Sin esperanza, para la eternidad, como eliminar del móvil a alguien que se ha marchado.Irrecuperable, para siempre, duro el sentido...   

jueves, 20 de septiembre de 2012

Veinte minutos de una tarde de domingo

Domingo, siete y media de la tarde.

¡¡¡Ring-,ring, ring-ring!!! Miro la pantalla del móvil. No conozco el número. ¡Sí, dígame! Al otro lado del teléfono me saluda una voz femenina: soy María, la mujer de Gutiérrez (nombres supuestos), he encontrado tu número en su agenda. Su voz es entrecortada, casi imperceptible. Me cuesta procesar el mensaje.

Gutiérrez es un viejo amigo. De los tiempos de la Universidad. Junto con un tercero, pongamos García, nos solemos reunir cada cierto tiempo  para comer y charlar. Ya les hablé de ellos. El último contacto que tuve con Gutiérrez fue en primavera, le mandé un email: "Correo de verificación. Si estás bien devuélvemelo con un saluda." Su respuesta: "¿Quedamos para comer?" Cumpliendo el protocolo que tenemos establecido para estos casos, me pongo en contacto con García para fijar fecha: antes de que acabe junio, me asegura. Y pasó julio y pasó agosto sin casar agendas. Hasta el domingo a las siete y media de la tarde.


Gutiérrez está muy mal, me dice Maria, su mujer, por teléfono. Silencio. Apenas conozco a Maria, pero ella sabe que somos amigos, incluso amigotes. ¿Donde está, lo puedo visitar? Su respuesta es como un puñetazo en la boca del estomago: mañana mejor que pasado, en el hospital. Le pregunto si ha hablado con García, el otro amigote. Lo quiero llamar ahora, contesta. No te preocupes, yo me encargo, le digo en un intento por descargarla de liturgias. Me despido y marco el móvil de García. Desconectado, ¡él, que nunca apaga el móvil! Llamo a su casa y se pone su mujer, la saludo y pregunto por mi amigo. Con voz contenida me dice que no está. Silencio de nuevo. ¡Joder, no puede ser!, pienso. Finalmente rompe el silencio: está hospitalizado. Me toca mover ficha y no sé qué decir. ¿Qué le pasa?, pregunto al fin con un hilo de voz. Ella calla, lo medita en medio de un sonoro silencio. Un cúmulo de mala suerte, contesta. Y antes de que me lo preguntes -aclara- no permiten visitas, sólo la mía, y no todos los días; quizá en unas semanas. Le cuento el motivo de mi llamada. Otra vez silencio. Miro el reloj, las ocho menos diez. Han pasado veinte minutos de una tarde de domingo, sólo. En realidad han corrido treinta años por el teléfono.

Lunes por la mañana, junto a la cama de Gutiérrez. Le cojo la mano, la aprieto. Él me ofrece la mejilla y yo bromeo: ¡qué no beso a tíos con barba, chaval! Hoy, sí -me susurra- porque hoy es el último día que nos vamos a ver.

Me voy. En el mostrador de información del hospital hay un periódico. Lo cojo mecánicamente, supongo que lo robo. Lo abro al azar: dos páginas de Bolinaga. Fiscales, forenses, políticos, periodistas y analistas de toda condición debaten si el terrorista debe estar en prisión o en su casa, si le queda un año de vida o seis meses, cuál es su peso y cuáles son sus constantes vitales. Me dan arcadas. Arrugo el periódico y lo tiro con desprecio. ¡Dos páginas hablando de la salud de un asesino, de un tío que ha matado; y ni una misera linea de un hombretón que le ha pedido un beso de despedida a un amigo!

¡Qué gran país éste para emigrar!



viernes, 29 de junio de 2012

La buena obra de la noche

(Basado en hechos reales)

Sucedió hace años, en días de grana y oro. Un jueves de primavera, Sevilla

Un puñado de colegas de oficio y competidores en el trabajo, coincidimos en el mismo hotel en Sevilla. Jueves noche, la calma que anuncia la tempestad de un fin de semana de duro trabajo. Sin ninguna casualidad nos vamos encontrando en la cafetería del hotel. Un café, una Vichy y nada de alcohol. Somos veteranos de muchas guerras perdidas. Ya que estamos aquí -y comienza el ritual- podíamos salir a tomar unas tapitas y una copita. Se me acerca uno de los colegas, compañero en mil batallas, confidente de lo inconfesable, amigo de risas y lágrimas y me susurra que tiene una cita a las doce. Sin problemas, amigo, tomamos unas cañas y a volar. Le paso el parte a la peña: caballeros, no tenemos tiempo para mucho protocolo, de manera que propongo que vayamos a lo del pulpo, a lo del jamón y terminemos en el albero de los montaditos. Es por nuestro amigo Lobo Solitario, ha quedado.

Vítores y aplausos. Y como un solo hombre, nos pusimos a la faena. Pulpo por aquí, jamón por allá, otra vez jamón por acuallá, montaditos, papas aliñas, tortitas de camarones, cervezas, pescadito, un vinito, unas risas...y las doce. Oye, Javi, que me voy, mira qué hora es. Sí, ya veo, las doce, y qué, ¿acaso has quedado con un cliente? Mi amigo no entiende de preguntas retoricas y me responde al punto: bueno, ya sabes que no, sabes que he quedado con una muchacha de Los Remedios, y oye, ya que se ha acercado hasta el centro... Cucha picha -la manzanilla me proporciona un don de lenguas envidiable- no conozco a ninguna muchacha de los Remedios que sea puntual. Apuesto un gintonic a que no llega antes de la una. Me mira, me pregunta: ¿conoces a alguna muchacha de los Remedios? Lo tomé como una pregunta retorica y cambie de tercio: vale tío, desaparece sin hacer ruido, yo me encargo de lo tuyo y ya echamos cuentas. Nos pasábamos media vida echando cuentas. Todos, en silencio, clavan la mirada en la nuca de Lobo, hasta que desaparece. Entonces, alborotados, levantan los brazos y piden la cuenta. Rápido, por favor. Pagamos y salimos. Paramos en seco: ¿alguien sabe adónde ha ido Lobo Solitario? Me miran y les informo que al Sinsinaty Club, creo. Añado que no sé dónde está, pero es inútil proteger a mi amigo, ya vuelve uno de los colegas de interrogar al camarero. Está aquí al lado, chicos -nos informa-, es una sala de fiestas para mayores de treinta, por eso no la conocíamos. Nadie le rió la gracia, es un tío con muy mala sombra.

El Sinsinaty Club es un local amplio, con dos barras, una frente a otra y una pista de baile en el centro. Mesas bajas, taburetes acolchados en la barra, lamparitas cursis en las mesas, camareros cachas con chaleco negro y camisa blanca para las mesas y camareras treintañeras con camisa blanca y chaleco negro para la barra. Cuando entramos sonaba una canción que nos pareció toda una declaración de principios: 
Búscate a un hombre que te quiera,
 que te tenga llenita la nevera

Nos miramos, nos encogimos de hombros y  pedimos unas copas a la camarera de chaleco negro y camisa blanca. Mientras esperábamos, inspeccionamos cada rincón de la sala en busca de nuestro colega y de la muchacha de los Remedios. No los vimos. Detuve a un camarero cachas y le pregunté: usted disculpe, caballero, ¿no habrá visto a un muchacho que no es de aquí con una muchacha de los Remedios? Entienda usted, señor -contesta-, que la discreción en este trabajo es más importante que una buena propina. Alguien sacó 20 € y se los dio al camarero: ¿Ve usted la cortina de aquí al lado? pues no puedo decir más. Y se marchó con los veinte euros. Las siete u ocho cabezas que eramos, una por colega, se asomaron a través de la pesada cortina de terciopelo rojo. ¡Allí estaban!, nuestro colega y la muchacha Cara de Ángel, como la llamaba nuestro amigo. 

Volvimos a la barra y nos miramos. La música habia cambiado.



¿Lo dice alguien o lo digo yo? Otra pregunta retórica, claro. Hablé: seamos prácticos. Sabemos que Lobo Solitario es un pedazo de pan que ya no puede seguir soltero, de manera que si no le echamos una mano se le va a escapar la muchacha cara de ángel y nos va a dar la coña durante meses ¡Chicos, hay que darle un empujón! Y se me ocurre algo. Fue al ver a un antoñito, así llamábamos a los chinos que venden flores es los Sinsinatys Clubs de Sevilla; en Córdoba son rafaelillos y en Málaga, manolillos. Le hice una señal: Antoñito, ven pa´cá; a ver, cuánto. Tles eulos una flol. ¡Joder, cómo se ha puesto Sevilla! Pero a ver hombre de dios, ¿nos ves cara de trabajar en la diputación o qué? Además -y modulé una voz cautivadora que reservo para las negociaciones más difíciles-, no hablo de una flor, quiero la plantación. Te doy 30 euros por todas las rosas. Después de un duro toma y daca, lo conseguí por cuarenta euros. Mientra que yo negociaba con Antoñito, el Bienplantao, un sesentón con el billetero a reventar y aspecto de cuarentañero, trataba con la camarera: nunca hablo de dinero, señorita. Lo que quiero que haga es tikar el importe, pasar la VISA, traer la botella de champán con dos copas, llamar a un camarero y tener preparada la música que yo le indique. Por ese orden. Se giró y me miró: Javi, ¿antoñito está listo? En perfecto estado de revista y esperando ordenes, le contesto. 

Cambia la música.


 

Allá que van. Delante el chino con el ramo de rosas rojas, y a dos pasos el camarero cachas llevando una bandeja con la botella de champán y las dos copas. El chino, con una reverencia, le ofrece el ramo de rosas a la muchacha de los Remedios. Antes de que ella reaccione, deja paso al camarero que sirve con mucho protocolo y un pelín de sobreactuación -bandeja sostenida con una sola mano y servilleta blanca en el antebrazo, la otra mano en la espalda, gesto serio pero amable, ligera inclinación hacia delante, distancia justa, ...-, el champán empezando por la mujer. Tal como habíamos calculado, la muchacha se repone de la sorpresa cuando el camarero le está sirviendo la copa y pregunta la bobada esa de "¿y esto?" El camarero, que además de cachas era un pedazo de profesional, cumple con nuestras instrucciones y gira levemente la cabeza señalando a nuestro colega al tiempo que finge una sonrisa pícara.

Y hasta aquí, que me he alargado demasiado y esto de los post es de léeme en un plisplas. La historia continua. Otro día.


Hablando de Sevilla y de sus mujeres

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domingo, 27 de mayo de 2012

Juego de Reyes, del Mambo

Cuando año a año, mes a mes, día a día, se consigue cierta edad y algún hijo, se entiende la teoria del Rey del Mambo sin necesidad de profesor de apoyo.


Un amiguete asiduo al Búho Bizco me lo explica entre gintonic y gintonic: Verás, chato, lo de los hijos es como una revolución permanente contra el Rey del Manbo. Con sus fases.

Conga dancing - Courtesy Keystone/Hulton Archive/Getty Images

Primera: el hijo, o hija, que lo mismo te tocan las pelotas unos que otras, creen y lo jurarian sobre la biblia, que los padres somos los Reyes del Manbo. Es la época en la que las niñas se quieren casar con los padres, y las madres, orgullosas, les rien las gracias. Es la época en que los niños creen de buena fe que los padres somos de puta madre y las madres más listas que el hambre por estar con quien está. Vamos, que se dan de leches si otro nano lo pone en duda. Esto viene a durar hasta después de la primera comunión, de largo; pongamos hasta los diez, doce años. Luego viene una etapa plana hasta llegar a la siguiente fase.

Segunda: La adolescencia...agggg....es cuando los hijos se desencantan. Se dan cuenta de que los padres no somos los Reyes el Mambo. Y no es suficiente haber descubierto que no existen los reyes, necesitan proclamar a los cuatro vientos que de existir no seriamos los padres. Gilipollas los niños, como si el resto de la humanidad no lo supiera. Pues lo machacan, nos lo recriminan como si les hubieramos ocultado la verdad  los largo de lo que ellos creen su extensa e intensa vida. Esta fase, por fortuna no dura mucho; es potente, pero se acaba cuando terminan el instituto o se sacan el carnet de conducir. El fin de esta fase da paso a otra etapa plana que dura lo que duran los estudios universitarios o encuentran un empleo. Descubrir que nos borbandean con los recibos de la luz, gas, los impuestos, y lo que llegue del banco, les amansa.

Tercera, peligrosísima: Han redescubierto que sí existe el Rey del Mambo...¡y que son ellos! Con sus primeros euros comienzan segregando la factura del movil: que qué te importa a ti quién me llama o a quién llamo, que yo uso esmarfon y tú aún le das al sms, que tengo mi vida, mis amistades y mis relaciones...¡que soy el Rey del Manbo! Si les llega para comprarse un coche es una bendición, por lo menos no te echarán en cara que el tuyo siempre está en reserva y  la gasolina se la tiene que poner...¡el Rey del Mambo! para que tú puedas ir a comparar el periódico. Esa es otra, la del periódico: Debes de ser, te reprocha el Rey del Mambo, la única persona de este país que compra periodicos de papel...

Futurible, un deseo: que algún día lleguen los nietos y los Reyes del Mambo te hagan la pelota para que te los quedes mientras ellos están en el trabajo o se van de copas.

Entonces, ay entonces, ¡ya veremos quién es el Rey del Mambo!

-¿No es así? -me pregunta mi amigo, acodado en la barra del Búho Bizco.
-Ya no me acuerdo. Hace tiempo que superé la fase de hacerle la pelota a mis padres.

Y clic-clic, suena la gramola del Búho

jueves, 20 de octubre de 2011

Un juego al sol

-¡Mira cómo juguetea el sol!
-¿Sol, qué sol? -Margarita emergió de entre las sábanas y miró por la ventana -está nublado, Goran




Goran, recién incorporado a la agencia de espías privados de J, estaba de pie frente a la ventana, de espaldas a la cama y con la mirada perdida

-Pues estaba, Ricchi, el sol estaba -se descubrió llamándola por su apellido cuando toda la noche fue simplemente Margarita-  Por eso te digo que juguetea, ha amanecido desplegando toda su fuerza y ahora se esconde detrás de las nubes. Es un sol juguetón, ya verás como vuelve.

Margarita observaba callada la figura del albano-kosovar, separó los labios para llamarlo, para decirle algo, pero calló. No quería romper la imagen que tanta paz le trasmitía.

-¿Cómo estás, Margarita?
-Después de una noche sudorosa y agitada, de sueños y miedos, ahora tranquila, relajada y esperando ver ese sol que me anuncias.

Goran giró sobre sus pies, miró a Margarita en medio de un silencio cálido, mimoso, tierno...

-Margarita, quería decirte que...
-Pssss...-Margarita acercó su mano a los labios de Goran pidiéndole silencio- Soy yo quien quiero darte las gracias por pasar la noche conmigo...
-Tú hubieras hecho lo mismo -se acercó hasta Ricchi y depositó un beso en su frente- Ahora me tengo que ir, J me ha llamado desde la puerta y quiero hablar con él para tranquilizarlo.

Se abrió la puerta de la habitación y entró el médico:
-Tengo el resultado de los análisis. Buenas noticias, el desvanecimiento que ha sufrido la Sra. Ricchi lo ha causado un corte de digestión. Algo le sentó mal, pero a lo largo del día recibirá el alta.

(Pero qué imagen tienen de la Ricchi)



martes, 20 de septiembre de 2011

Una ronda de Ducados

Hasta que yo maduré, en mi casa nunca ha habido afición a los bares, pubs y cafeterías. Por eso, por lo excepcional, recuerdo una escena con mi padre en un bar.

No tendría más de seis años cuando mi padre me llevo con él a un bar del pueblo. Siempre había curioseado aquel bar desde la calle, desde la acera de enfrente y mirando disimuladamente. Ese día entré al bar con mi padre. Yo lo imaginaba más grande y lleno de gente desconocida, incluso rara. Pero no, allí estaba mi padre con algunos amigos que yo conocía de haberlos visto con él y hasta el padre de un amigo mio del cole. Recuerdo la barra: larga y alta, muy alta, tan alta como la luna. Incluso más. Detrás de la barra y sirviendo quintos de Mahou, había un señor del que, años después, supe que tenía piernas y familia como todo el mundo. De niño pensaba que los señores que hay detrás de las barras vienen de serie con el mobiliario del bar, y que solo eran la parte que yo veia: cabeza y hombros, y que por supuesto nunca salían a la calle. Pasados los años también me enteré de que los bares que en lugar de señores detrás de la barra tienen señoritas delante de la barra, son otra cosa. Mi padre nunca me llevó.

Los amigo de mi padre, cinco con él, estaban de pie junto a la barra, bebían cerveza y hablaban en corro. Yo los observaba desde una esquina del circulo que formaban los cinco hombres. Con los años aprendí que cuando dejas de ser niño los círculos pierden las esquinas donde nos resguardamos. Aquel día, el corro de amigos hablaban de que el Cordobés, un torero de la época, llegaba a ganar un millón de pesetas por corrida. No puede ser, hombre; si un piso no vale eso, le rebatían al aficionado. Y hablaban de un señor que se llamaba Gento y de otro llamado Franco, pero de este, más bajito. Con todo, lo que más me ha marcado es un rito que de tanto en tanto practicaban los cinco hombres: En un momento dado, uno de ellos sacaba del bolsillo un paquete de Ducados, lo volteaba y golpeaba la parte de la abertura contra el dedo indice de su otra mano. Como por arte de magia brotaban tres cigarrillos escalonados, los arreglaba y paseaba el paquete de tabaco delante de sus amigos ofreciendo cigarros como el que ofrece canapés en una bandeja de plata. Algunos sacaban cerillas de cera que rascaban contra la lija de la caja, otro apretó un mechero Ronsón -me lo ha traído mi primo de Canarias, allí si que hay cosas, apuntó- y se pasaban la lumbre unos a otros. Luego, fumando, seguían con la tertulia.

-Todo eso está muy bien, Jota, pero ya sabes que en el Búho Bizco no se puede fumar. Tómate el gintonic en la terraza, allí no hay problema.
-Está bien, Lola, te perderás mi compañía. -cogí el vaso y me asomé a la terraza pensando que incluso en los lugares permitidos has de ser discreto cuando fumas. De manera, concluí, que se ha perdido el arte de fumar.
-Hola, jefe -busqué la fuente del saludo, y allí estaba, fumando


¡Por dios, quién ha dicho que no hay arte!...-Hello, Miss. Ricchi 



lunes, 13 de junio de 2011

Cena para tres indignados con unas gotitas de nostalgia

Llama un amigo: Hay cena, es urgente. Celebro algo.
Pregunto: ¿Invitas? Me contesta que no. A escote.
¡Pues vaya!



Somos tres. Arrastramos una ordenada amistad desde la Universidad. Nos reunimos de vez en cuando para comer o cenar. A escote. En nuestra época universitaria aún se celebraban asambleas multitudinarias para decidir si apoyábamos la huelga de celadores o nos solidarizábamos con el paro de los conductores de autobús. En el Parlamento aprobaban la Constitución. Palpábamos la historia.

Acertamos con la cena, nos beneficiamos dos botellas de Ribera del Duero y ya con los chupitos nos entró la depre. ¿Habéis oído lo del paro? casi cinco millones; estos nos hunden -es A, un cristiano que pidió, en su última enfermedad, comunión diaria mientras estuviera hospitalizado-. Ya empezamos -habla B, un rojo con carnet que cantaba la Intencional en los congresos- , ¿cómo que "estos nos hunden?", lo que sucede es que esto no hay quien lo arregle. Decidí intervenir: ¿sabéis qué es lo peor? el desánimo, y chicos, el abatimiento está justificado; ya veis: paro, corrupción y falta de liderazgo. ¡Esto es laostia, qué coño ha pasado!.

El rojo salió a fumar, el de misa diaria se metió en el baño y yo me quede en la mesa estrechamente vigilado por el camarero. ¡Ahora es cuando yo echo a correr!, bromeé. El camarero tensó sus músculos y me miró frunciendo el ceño. ¡Joder, vaya mierda de país!, se ha perdido hasta el humor -grité en silencio-. Cuando se incorporan mis amigos les cuento la escenita.

Para no echar más leña al fuego, desvié la conversación:
-Nos íbamos a comer el mundo, ¿os acordáis?, ahora es el mundo el que nos come a todos; algo se nos pasó por alto. -B, el rojo, tomó el relevo
-No contábamos con la cantidad de joputas que hay; el político que no está imputado por alguna trastada es que no lo han investigado. Están todos pringados.
-Es la falta de valores -tercia el otro-
-Sí, -añado con afán conciliador- es la cantidad de joputas sin valores que andan sueltos.

-Bueno, chicos, ha sido un placer -remato-. La próxima cena la organizo yo; conozco un lugar clandestino donde nos dejan fumar.
-A ver si nos meten en la cárcel por fumar...
-Esa es la idea. Así, cuando vayan entrando los joputas sin valores, les vamos dando capones.
-¡Sea!

Es entonces cuando comenzó la sesión de gintonics, la verdadera reunión. Esa es otra historia.

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jueves, 10 de febrero de 2011

La Luna, un premio

Sheol, lugar donde se guardan indiscriminadamente las almas buenas y malas, es el nombre que ha adoptado un generoso bloguero que ha tenido a bien mencionarme en el reparto de unos premios. Premios Luna. Acudo presuroso a ver el premio y conocer las bases para su aceptación...¡ay que hay trampa! Y no de Sheol, narrador de cuentos con el alma blanca, sino de la vida misma. He de "compartir siete cosas sobre mi" Me han pillado. ¡Quién conoce siete cosas sobre uno mismo! 


Reflexiono, paseo mi neurona de acá para allá. Nada. Repaso fotografías nuevas y antiguas, releo entradas de mi blog, analizo los "favoritos" de mi ordenador por si me da una pista, abro el Spotify para ver qué música tengo seleccionada. Nada, no consigo sacar una conclusión. Mejor preguntar a alguien que me conoce: 

-Mamá, si le tuvieras que explicar a una vecina cómo soy, ¿qué le dirías?
-Ay mi vida, qué cosas tienes Pues lo que suelo decir a todo el mundo: que mi niño es muy buena gente.

Nada, opinión interesada. No me sirve. Y prefiero no ahondar en la opinión materna, porque como es bien sabido, cuando se dice de alguien que es"buena gente" en realidad se está describiendo a un tipo indiferente, un ni fu ni fa que no hace daño a nadie; ni siquiera hace daño.  Esto me exaspera. 

En realidad me gustaría ser un extravagante, un personaje del que se hablase en la cola del autobús y en las peluquerías; alguien que a su paso provocara constantemente un  "mira, es él". Pero, ¡quia!, solo soy un individuo a quien le gusta el vino y las mujeres; que fuma, va  a los toros y se toma un gintonic cuando está a gusto con un amigo. No paso de ser un alguien a quien un alcalde de su pueblo le ofreció un puesto en las listas y le respondió que sí, pero si me cedía su puesto. Ahí acabó mi carrera política. Tan poca cosa soy que me llevo bien con todo el mundo menos con los hijoputas, cedo el paso a las señoras y le hablo de usted a los profesores de mi hija. Mi mayor excentricidad, pensaba yo que es tener un gato que habla, pero he comprobado que el traidor le habla a todo el mundo. Desagradecido. 

En fin, alguien que prefiere el sol a las nubes, la luna llena a las estrellas lejanas, la risa al llanto, el cine americano al francés, el blanco al negro, la carne al pescado, el  mar al monte, Cádiz a Estocolmo, la Niña Pastori a Extremoduro...alguien así...oye, no sé, igual es una rareza.

Gracias, Sheol. 


miércoles, 10 de marzo de 2010

Lo que diga el aire

Buen día,


Esta mañana, en la ducha, conmigo mismo:

-¿Vas a escribir un post para el Qué!? -me pregunto.
-No sé, igual no. Si me encuentro inspirado, igual sí. Según me dé el aire -me contesto

Con el café le echo un vistazo a los periódicos y veo unas fotos del parlamento vacío. Había sesión, lo que no había eran parlamentarios. El aire les dio por no trabajar. Me sentí importante, como un parlamentario. Un colega.

Pero, ay, me acordé de mi abuela: "nene, cuida tus amistades, a ver con quién andas...".

Y por mi abuela que tenía que dejar unas palabras.


Tengan un feliz día.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Un íntimo enemigo

Buen día,

Ayer por la tarde estuve tomando un gin-tonic vulgar en un pub de medio pelo con un enemigo malencarado. La tarde no mejoró con la conversación. Probó con el buen rollito:

-Vamos, hombre, creo que hablando podemos romper esta enemistad.
-Ya me conoces -procuré mostrarme firme-, somos enemigos de antiguo y sabes que soy un tío serio para estas cosas. Y en el fondo, ya sabes, soy un romántico y no quisiera estropear esta odiosa enemistad.

Reconozco que mi enemigo se esforzaba. Hasta que utilizó el peor de los argumentos:

-¿Eres de los nuestros?, porque si eres de los ´nuestros´ no tiene sentido que seamos enemigos
-Somos enemigos, ¿cómo voy a ser de los tuyos?
-No me refiero a cuestiones personales. Hablo de coincidencias de intereses, de proyectos; de afinidades de ideas. Ya sabes, de pertenecer al ´grupo´

Llamé al camarero -era un pub sin camarera- y me crujieron cinco euros por el brebaje. El de mi enemigo lo dejé sin pagar, que uno es un caballero y no quiere que le adeuden nada.

Feliz día, y cuídense de ´grupos´ donde se pueda ingresar siendo enemigos.

domingo, 7 de febrero de 2010

Aceitunas para compartir

Buen día,

Mediodía del sábado, hora de la cerveza.

Entro en el bar y voy a saludar a unos amigos. Son cuatro, sentados en una mesa para cuatro. Cuatro cañas y un plato de aceitunas para compartir. Saludo.

-Hola, chicos, ¿cómo va la cosa?

Hablan:

Uno: Estamos comentando que los sábados no son lo que eran. Los fines de semana son distintos.
Otro: Sí, antes llegado el jueves ya teníamos planes para el fin de semana.
Un otro: En cambio ahora, nos da lo mismo que sea sábado, miércoles o lunes.
El cuarto: Bueno, miremos la parte buena: los sábados se nota menos que somos parados.

Falta de ilusiones, ausencia de proyectos, sensación de culpa y de inutilidad. Es lo que los estrategas bélicos llaman ´efectos colaterales´, y que mis amigos despachan con un...¡¡además, eso!!

Es domingo, feliz domingo.

domingo, 31 de enero de 2010

La Luna y el Loco

Buen dia,

Historia real. Que dios me perdone.

Amigo de los que se abren el pecho y te dan el corazón; colega  de los que te no te dan muchas pistas para que no le pises un negocio; compañero de llantos y risas; confidente de secretos inconfesables. Con este tipo pasaba noches de gintonics y mañanas de cafés. A pesar de su adicción.

Es adicto a los horóscopos. No aficionado, no. Adicto.

Por la mañana nos soliamos reunir en alguna cefeteria cercana al hotel. Entraba, oteaba el salón y en cuanto veía a alguien leyendo el periódico se lanzaba sobré él y se lo arrebataba, "perdón, caballero, es solo un segundo". Con el periodico en la mano llegaba hasta mi mesa, lo desplegaba, buscaba la página de los horóscopos (le costó asimilar que ´El País´ no publica horóscopos) y leia el suyo en voz alta. Y luego

-A ver, el tuyo. Aquí está: Cáncer: "el influjo que la luna llena tiene sobre los nacidos bajo éste signo...". ¡Joder, joder, joder!.

Devolvía el periódico, "usted perdone, pero es que necesitaba leer mi horóscopo, si me dice cuál es el suyo se lo leo". No le solían responder. Volvía a nuestra mesa.

-Dios nos coja confesados: ¡luna llena!
-¿Y?
-¿Cómo que ´y´?. Eres cáncer, hay luna llena. Todo el mundo sabe que los cáncer, de diario, estáis locos, y con luna llena sois locos peligrosos.

No siempre había luna llena, pero siempre había alguien leyendo un periódico que no fuese ´El País´. Y un loco. Llegué a creerle. Ahora sé que era una secuela de nuestro trabajo.

Feliz luna llena

sábado, 30 de enero de 2010

De la barra, el pico

Buen día,


Ayer por la mañana:

ring-ring, ring-ring, Miré la pantalla del móvil y contesté:

-¡Hombre, campeón! -los chicos siempre nos saludamos así, sobretodo cuando no ganamos nunca a las canicas-, precisamente llevo toda la semana queriendo llamarte -cosa que era verdad
-¿Café?
-Sea.


Yo café y mi amigo medio bocadillo de jamón con tomate, copita de vino y plato de aceitunas. Prueba empírica de que Dios ayuda a quien le place y no a quien madruga, que por madrugar servidor ya había desayunado. Un cuartillo de tostada con un cortado.

Mi amigo, buena gente, me ofrece el cuchillo y me acerca el plato con el bocadillo.
-Corta y prueba
-Ya he desayunado
-Corta y prueba

Momentos de debilidad se le conocen a los más espartanos. Yo:
-Porque has insistido, que si no. ¿Te dejo de la punta o del centro?
-Anda, no seas gilipollas y quédate el pico que es lo que te gusta.

Y es que los amigos tienen eso, que nos conocen más que nosostros mismos. Hasta qué parte del pan preferimos.

Buen sábado. Y feliz.
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