jueves, 17 de marzo de 2011

Cerveza Verde



Es el rito de cada 17 de marzo. Nunca he sabido si es por la afición de Thomas a la cerveza o por su frustración de no tener una madre irlandesa, la ilusión de su vida. Mi madre -me repite de nuevo- era sueca, pero no lo cuentes Jota; prefiero pensar que era irlandesa, es un capricho inocente. Yo sé que el verdadero motivo es una novia irlandesa que no consigue olvidar y que lo abandonó por un camionero albanokosovar. De ahí el poco aprecio que le tiene a Goran.

Thomas, su camarera Lola, mi secretaria Margarita Ricchi, el subinspector Bernal, Próspero y su exmujer Soledad y todo los parroquianos desocupados se afanan en adornar el Búho Bizco con motivos irlandeses. El color verde es el protagonista. Y la cerveza. Mucha cerveza que este día regala Thomas con motivo de San Patricio, fiesta nacional de Irlanda. Por experiencia de otros años, sé que no es prudente acercarse por el Búho antes del medio día, salvo que te prestes a colaborar en la decoración del local. He esperado hasta la hora del ángelus, y justo después he hecho mi aparición en un Búho Bizco verde que habla inglés y escucha canciones populares irlandesas.

-Perfecto, como todos los años, Thomas.
-Y tú, como todos los años, te has escaqueado, Jota.
-Bueno, sois gente de sobra.
-No me puedo quejar. Este año, incluso ha venido el inspector Gracia y su ayudante Bernal con un amigo suyo pegado a una cámara de fotos, APU se llama y ha retratado cada rincón del Búho. Han llegado a la hora de los churros, me han echado una mano y ahora solo queda Bernal. Por cierto, y te lo cuento bajito, ¡venían del cementerio! Asuntos oficiales. ¿Tú has espiado para el Gobierno en algún cementerio, Jota?
- Más o menos: en un Ministerio.

En el día de San Patricio, en el Búho Bizco solo se bebe cerveza rubia, negra o verde, y Lola tiene prohibido servirme ni un chupito de gintonic. Lo asumo y me dejo llevar por la  música de acordeones y concertinas. Así ha discurrido el día, con cerveza, brindando con las jarras, las caras coloradas, hablando un inglés de Torremolinos y viendo las emocionadas lágrimas de Thomas. Hasta las ocho de la tarde.

En medio de un ambiente de alegría, de bailes y de risas, y mientras suena en la gramola "The man who broke the bank at Monte Carlo",  irrumpen por la puerta unas figuras negras con el rostro inexpresivo, demacrado y blanquecino que cruzan el pub como un rayo en dirección a los lavabos. Nadie salvo yo, por mi costumbre de espiar lo imposible y Margarita Ricchi por ser la secretaria de una espía autónomo, se ha dado cuenta del paso de los espíritus. Sí consigue inetrrumpir la fiesta, música incluida, la aparición del inspector Gracia. Entra corriendo, y jadeante se detiene en medio del local apoyando sus manos en las rodillas en un intento por recuperar el aliento.  Después de murmurar por lo bajo un "tengo que dejar el puto tabaco", levanta la cabeza, nos mira con el rostro sudoroso y con la voz entrecortada por el resuello nos pregunta:

-¿Han entrado, los habéis visto?
-¡Coño, jefe!, ¿usted nunca descansa? -fueron las ultimas palabras del subinspector Bernal antes de desplomarse fulminado por la mirada del inspector.

Con una inclinación de cabeza le indico la dirección por donde han escapado los espíritus. El comisario se incorpora y corre hacia los lavabos. Yo le sigo.

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El inspector Gracia y el subinspector Bernal, así como los espíritus góticos, son creación de José Antonio, que los guarda en su "Cofre del Chirri", de visita obligada.

APU, por su parte, no es una personaje -¿o sí?-. Se trata de nuestro fotógrafo de cámara. "¡Qué foto!", para no perdérselo.


martes, 15 de marzo de 2011

Fukushima, dos minutos

Terremoto, maremoto, tsunami: página pasada. Ahora, central nuclear.


Todos empiezan el discurso con un "no es el mejor momento". Acto seguido, meten cuchara.

Japón, segunda economía mundial, sufre cortes de luz, racionamiento de agua, masivos desplazamientos de personas y tiene vacías las baldas de los supermercados. Todo porque la naturaleza ha flojeado dos minutos. Todo por dos minutos equivocados.  La naturaleza, prepotente, nos ignora. 

Alerta en Fukushima por un calambre de la Tierra. En dos minutos.

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lunes, 14 de marzo de 2011

¿Hasta la última mutación?

Unos post atrás -`Ni Adán ni Darwin´-  me preguntaba con contenida irritación cuándo iba a terminar ésta jodida evolución que nos tiene a todos con el paso cambiado.

Al día siguiente recibo un correo de mi hija, a tres mil kilómetros, con este enlace. Y una nota:
"Porque sé que te gusta Asimov. Los relatos no son suyos, son una recopilación seleccionada por él. Tiene buena pinta. Que lo disfrutes. Bstss"




Primer relato, ¡oh casualidad!: "EL HOMBRE QUE EVOLUCIONÓ", de Edmond Hamilton. 1931. 

Aquí quería yo llegar: Un tipo se pregunta cuál es el final de la evolución. Su última estación. El científico, ¡faltaría!, ha averiguado cómo dar saltos de cientos de millones de años en el proceso evolutivo sin moverse de su casa y en lo que tarda en tomar un café. Y describe -ficción, ficción- cómo seremos en cada salto.

Cerrado el circulo evolutivo, comprobado cómo se desarrolan unas características y se atrofian otras... 

¿Cuál es la mejor fase de la evolución, es necesariamente la última mutación? ¿Cuál es el momento ideal para detener la evolución, es bueno llegar hasta el final?

Y así llevaría tres gintonics si no tuviera otras cosas que hacer.

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jueves, 10 de marzo de 2011

Cómo conocí a Margarita Ricchi

Margarita Ricchi es mi secretaria. Espectacular por dentro y sorprendente por fuera, Margarita es una brillante criminalista, domina varios idiomas y posee una considerable fortuna de la que no hace aprecio. Es hija de un noble italiano que multiplicó su capital en Argentina, donde Margarita adquirió una exquisita educación antes de trasladarse a Venezuela para mejorar sus conocimientos de criminología. Es allí donde nos conocimos. Aznar contrató mis servicios como espía privado para que le echase un ojo a Chavez, un tipo poco de fiar, me dijo el Presidente. Después de seis meses de intenso espionaje redacté un informe para el Presidente Aznar, con quien  había estrechado una dicharachera amistad gracias a  mi probada cordialidad, ¡y ay!, no por la suya; dicho sea esto sin ánimo de crítica hacia el Presidente, que no todos somos de la misma condición.

José, cuidado.
No me fío un pelo del gachó.

Fdo.: Jota. 
(Espía privado con resultados garantizados)

El Gobierno quedó impactado con mi trabajo, y como una cosa lleva a la otra, me encargaron que espiara de cerca a los etarras instalados en Venezuela. Los informes, que no son mi fuerte, se acumulaban sobre la mesa de la habitación de mi hotel. Prefería, les soy sincero, desplegar mis encantos personales en el bar del hotel antes que encerrarme en mi habitación para redactar historias que el Gobierno ya conocía; tengan en cuenta que hablaba a diario con José María, de nuestras cosas, pero siempre comentábamos algo sobre Venezuela. Una noche, mientras instria al camarero cómo preparar un gintonic como dios y yo mandamos, se acercó Margarita hasta la barra y pidió un Martini Hemingway, corto de vermú y largo de ginebra. Tres gintonics y cinco Martinis Hemingway después -los espías privados trabajamos rápido- ya nos habíamos contado nuestras respectivas historias y Margarita se había ofrecido para redactar los informes que tenia pendientes. A la mañana siguiente le ofrecí trabajo como secretaria. 



Aceptó. A sus cuarenta años no confirmados, Margarita nunca había tenido un trabajo de mesa y horario, circunstancia ésta que me advirtió. No importa, le dije, aprenderás. Lo sé, me contestó, pero impongo una condición innegociable: no cobraré; tengo suficiente dinero como para  jubilarte en una isla del Caribe. Acepté.

Esta es la pequeña historia de cómo conocí a Margarita Ricchi, una mujer que trabaja sin cobrar y ha publicado tres libros sobre criminología aprovechando que apenas tiene trabajo en mi oficina. La mujer, en fin, que ha sido la causa de las constantes visitas de mi amigo Goran - un mafioso albanokosovar de éxito asentado en la Costa del Sol- al Búho Bizco. Gran decepción. Pensé que venia por la amistad que nos une, pero no. Esta ya es otra historia. 

lunes, 7 de marzo de 2011

Besos Perdidos

Una bodega de vinos ha convocado un concurso de relatos cortos en Facebook. El tema central es el beso. Desde que lo supe tengo una duda que me permite dormir dulcemente, pero duda al fin y al cabo: ¿Quién mejora a quién, el beso al vino o el vino al beso?

-Lo amargo, Jota, es no recibir un beso -es Lola, la camarera del Búho Bizco, que tiene la comprometedora costumbre de leer mis pensamientos.- Deja que te cuente una historia.



Próspero y Soledad se casaron a la muy prudente edad de treinta años él y veintisiete ella. Próspero, un joven inteligente y emprendedor, tuvo tiempo de llegar al matrimonio con una considerable fortuna que Soledad disfrutaba de manera ordenada y juiciosa. Tuvieron tres hijos: Junior, el mayor, aplicado en los estudios y futuro director de las compañías de su padre; Rocio, dulce y hermosa como su madre, que tonteaba con Hereus, el hijo de unos amigos de la familia y propietarios de una centenaria bodega de vinos; y el benjamín, Alex, la alegría de la casa y orgullo de su madre. Era una vida perfecta, sin sobresaltos. La familia se codeaba con lo mejor de la sociedad capitalina, les invitaban a fiestas, eran considerados por los banqueros, los proveedores y por todas las boutiques que la ciudad. Soledad, con su hermosura y compostura, era la envidia de las señoras que querian pasear con ella por los jardines del exclusivo casino sólo para socios. Una noche regresaron a casa después de una fiesta benéfica y Soledad, como solía hacer, calentaba un vaso de leche en el microondas para su marido. Hoy no, querida, le dijo Próspero, hoy voy a dormir sin problemas, estoy muy cansado, buenas noches, querida. Y le dio a su mujer un beso en la mejilla. Ella lo miró en silencio mientras su marido caminaba hasta la puerta de la cocina. Antes de que la pudiera cruzar, Soledad lo llamó: Próspero, quiero decirte algo. Él se detuvo, se giró y esperó que hablase su mujer. Tengo cincuenta años, comenzó a hablar Soledad, y he llevado una vida muy cómoda, Próspero; tenemos una casa fantástica, un apartamento en la playa, coches, los mejores colegios para los niños, unos hijos maravillosos, nunca peleamos...pero quiero el divorcio, sólo el divorcio, no pretendo dinero, ni bienes, solo un divorcio sin conflictos, como nuestra vida. Próspero la miraba en silencio, con el rostro serio, los ojos abiertos y una pregunta que se le podía leer en los labios: ¿Por qué?


-Por los besos, Próspero, por los besos
-¿Qué besos?
-Los que no me has dado, los que no nos hemos dado. Los besos de pasión, los besos que buscan los labios del otro, los besos que me comen la boca, los besos que absorben el alma y aceleran el corazón. Por esos besos que no hemos tenido, Próspero, por los besos de la vida que hemos perdido por el camino es por lo que me quiero divorciar. Porque aún los podemos encontrar, pero no aquí, no nosotros con nosotros.


Lola calló y se dispuso a preparar un gintonic mientras susurraba...¿Jota, tú crees que los besos perdidos se pueden encontrar?
-No lo sé, Lola. Tal vez el inspector Gracia...creo que es el único que los puede encontrar.

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viernes, 4 de marzo de 2011

Ni Adán ni Darwin.

Por partes:

Primera: lo de Adán y Eva, no. El adanismo, el creacionismo y otras fábulas similares las guardamos en la carpeta de Mitos y leyendas. Por el bien del cristianismo. Ya me explicaré.

Segundo: la teoría de la evolución...ummm...hasta que esta verdad revelada sea sustituida por otro dogma, lo aceptamos con matices. Digamos que sí, que comenzó una evolución, pero que poco después sufrió un parón.

Constatación empírica:
-Las piernas. Observen que la parte más expuesta a los golpes es la menos protegida: las espinillas.  En cambio, la parte trasera está convenientemente acolchada por los músculos y la grasa; ¿para qué? por ahí difícilmente tropezamos. Podría extenderme en otras contradicciones corporales, pero no es el caso.
-La alimentación: veneno puro. Lo que más nos gusta es veneno puro para nuestro organismo, es incompatible con un cuerpo que no necesita estar todo el día perdido por la selva procurándose alimentos ni somos nómadas en transito perpétuo. Hay trenes, coches y aviones; sentaditos y con un bocata de jamón. Algo falla: o nuestras necesidades y preferencias alimenticias no han evolucionado a una vida sedentaria o nuestro cuerpo no se ha adaptado a los usos y costumbres de los últimos miles de años.

Consecuencias: Nos vemos obligados a hacer cosas tan antinaturales como someternos a una dieta que no nos apetece o a ejercitar un cuerpo diseñado para actividades que nada tienen que ver con la tele y el sofá, es decir, con lo natural

Y digo yo, ¿acepta la Iglesia que Dios, sabio y perspicaz donde los haya, nos creó con tan dolorosos defectos?
Y digo yo, dos: ¿después de millones de años de evolución no han conseguido adaptar nuestro cuerpo al día a día?

Mi médico, un  revisionista de la teoría de la evolución, me dice que lo que la naturaleza me ha concedido no es suficiente, que debo tomar pastillas y hacer ejercicio....¡qué ganas tengo de que termine la evolución de una puñetera vez!
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