lunes, 26 de septiembre de 2011

Veinte minutos

Tic-ta, tic-tac...cinco minutos
Tic-tac, tic-tac...diez minutos

Y silencio

Tic-tac, tic-tac...quince minutos
Tic-tac, tic-tac...veinte minutos

Y silencio.

Un silencio que pide a gritos una interrupción

-La soledad es mala.
-¡Claro que no!, la madre Soledad es un amor
-¿La madre Soledad?
-Sí, Jota. Era mi tutora en el colegio de señoritas de Buenos Aires.
-No hablaba de eso, Margarita.
-Es por romper el hielo.
-Lo que quiero decir, Margarita, es que no es bueno...
-Lo sé, Jota, lo sé ...no es bueno que el hombre esté solo.
-Por eso, Margarita, por eso yo...
-Soy mujer, Jota. Y a esta mujer le basta un cigarro y veinte minutos de silencio después de veinte minutos de gemidos.
-¿Y ya está?
-Y una copa. Bajemos al Búho, te invito. El próximo "veinte minutos" invitas tú.




Se lo pregunté una madrugada: Margarita, ¿qué placer le encuentras a los segundos veinte minutos?
-Tendrías que haber nacido mujer para saberlo...ellas nunca lo preguntan

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Nota: el post que precede a éste...¡echarle un ojo!

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Nota solidaria

Cris, de ¡Qué cocina!, y El Chirri versión gofre y cofre, se han hecho eco del llamamiento de un amigo, Sheol13, autor del blog "Solo me molesta a mi...y otros cuentos". Es el susurro de un amigo y buena gente por los cuatro costados: Busca trabajo. Angustia que por frecuente no es menos dolorosa. 





Esta imagen, esta paloma de la esperanza...¡que no deje de volar ni un segundo!



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martes, 20 de septiembre de 2011

Una ronda de Ducados

Hasta que yo maduré, en mi casa nunca ha habido afición a los bares, pubs y cafeterías. Por eso, por lo excepcional, recuerdo una escena con mi padre en un bar.

No tendría más de seis años cuando mi padre me llevo con él a un bar del pueblo. Siempre había curioseado aquel bar desde la calle, desde la acera de enfrente y mirando disimuladamente. Ese día entré al bar con mi padre. Yo lo imaginaba más grande y lleno de gente desconocida, incluso rara. Pero no, allí estaba mi padre con algunos amigos que yo conocía de haberlos visto con él y hasta el padre de un amigo mio del cole. Recuerdo la barra: larga y alta, muy alta, tan alta como la luna. Incluso más. Detrás de la barra y sirviendo quintos de Mahou, había un señor del que, años después, supe que tenía piernas y familia como todo el mundo. De niño pensaba que los señores que hay detrás de las barras vienen de serie con el mobiliario del bar, y que solo eran la parte que yo veia: cabeza y hombros, y que por supuesto nunca salían a la calle. Pasados los años también me enteré de que los bares que en lugar de señores detrás de la barra tienen señoritas delante de la barra, son otra cosa. Mi padre nunca me llevó.

Los amigo de mi padre, cinco con él, estaban de pie junto a la barra, bebían cerveza y hablaban en corro. Yo los observaba desde una esquina del circulo que formaban los cinco hombres. Con los años aprendí que cuando dejas de ser niño los círculos pierden las esquinas donde nos resguardamos. Aquel día, el corro de amigos hablaban de que el Cordobés, un torero de la época, llegaba a ganar un millón de pesetas por corrida. No puede ser, hombre; si un piso no vale eso, le rebatían al aficionado. Y hablaban de un señor que se llamaba Gento y de otro llamado Franco, pero de este, más bajito. Con todo, lo que más me ha marcado es un rito que de tanto en tanto practicaban los cinco hombres: En un momento dado, uno de ellos sacaba del bolsillo un paquete de Ducados, lo volteaba y golpeaba la parte de la abertura contra el dedo indice de su otra mano. Como por arte de magia brotaban tres cigarrillos escalonados, los arreglaba y paseaba el paquete de tabaco delante de sus amigos ofreciendo cigarros como el que ofrece canapés en una bandeja de plata. Algunos sacaban cerillas de cera que rascaban contra la lija de la caja, otro apretó un mechero Ronsón -me lo ha traído mi primo de Canarias, allí si que hay cosas, apuntó- y se pasaban la lumbre unos a otros. Luego, fumando, seguían con la tertulia.

-Todo eso está muy bien, Jota, pero ya sabes que en el Búho Bizco no se puede fumar. Tómate el gintonic en la terraza, allí no hay problema.
-Está bien, Lola, te perderás mi compañía. -cogí el vaso y me asomé a la terraza pensando que incluso en los lugares permitidos has de ser discreto cuando fumas. De manera, concluí, que se ha perdido el arte de fumar.
-Hola, jefe -busqué la fuente del saludo, y allí estaba, fumando


¡Por dios, quién ha dicho que no hay arte!...-Hello, Miss. Ricchi 



martes, 13 de septiembre de 2011

El alma del Búho...

La fecha: 13 y martes.

Tiene guasa, y mala prensa. En cambio a mi me gusta, aunque no siempre consiga un martes y trece en junio, julio o, como mucho, en agosto. Martes y trece en verano. Verano. Se nos va. Solo queda una estela agónica y melancólica del verano.

Estos pensamiento me suelen torturar en lugares que no conozco, sitios donde llego sin GPS ni guía Campsa. Hoy es uno de esos días y uno de esos parajes. La fachada de madera, la puerta entreabierta y un lejano burbujeo que pronto identifico como tónica fundiéndose con Gin me han empujado al interior de un local  desconocido y perturbador. Consigo leer parte del nombre: El Búho...

Al entrar se pone en marcha una vieja gramola. Clic-clic! Sin nadie junto a ella.

 

Una canción triste en verano. Es martes y trece, pienso. A mi siempre me ha gustado, no entiendo esta melancolía. Quizá -reflexiono- es porque falta el humo, la gata negra, la mirada paralizante o porque me falta una copa. Le pido un Jack´s Daniels a un tipo que hay detrás de la barra. En vaso pequeño, en uno de esos que se usa para el café cortado; y sin hielo, por favor. El vaso está frío, me está gustando el sitio. Al alejarme oigo al tipo de la barra que le pregunta a un compadre si me conoce; no veo por qué he de conocerle, Thomas; porque eres espía, Jota; anda, déjalo y sírveme un gintonic. El local tiene cuerpo; sí, me gusta. Me acerco el vaso a los labios, agoto el wisky de un trago y...el alma, la veo a través del vaso vacío que aún mantengo a la altura de mis ojos. Bajo el vaso, la miro, me mira.

-¿Nos conocemos, caballero?
-Hemos coincidido en mis sueños, no sé si lo recuerda.
-Hagamos memoria. Soy Ricchi, Margarita Ricchi.


Sí, definitivamente me gustan los martes y trece.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Mentiras y otras falsedades

La noticia no publicada de mi secuestro es tan falsa como el inexistente rumor sobre mi abducción. Y me jode, es prueba inequívoca del poco polvo que levanto. Por las mañanas, al mirarme al espejo me asomo a una cama vacía y pregunto quién es el tipo que está en el baño. Un silencio triste y monótono me responde que el psiquiatra ya no visita a domicilio. Eso me tranquiliza y me anima a meterme en al ducha antes de vestirme. En una ocasión invertí el orden y el portero que nunca hemos tenido me ofreció un Alka Selter. Lo tomé y sentí una agradable humedad debajo de mi piel. Lo lamento, dijo muy cortés la viuda del portero.

Es uno de septiembre, y eso siempre me afecta. Para mal. ¡Coño, si hasta huelo el mazapán navideño!  Este año, sin embargo, me he marcado un excitante objetivo: Que me secuestre -larga temporada, nada de express, porfa-  un comando de concejales de fiestas, o que  una multitud de alienígenas macizas me teletrasporten  a la Costa del Sol hasta que comience la temporada de ferias y saraos. Luego ya sigo por mi propio pie.



-Mucho sol, Jota. Anda, te pongo un gintonic mientras esperas a la Ricchi.
-Gracias, Lola. ¿Y la gramola?

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lunes, 8 de agosto de 2011

Un pirata en agosto

Me lo sugiere José Antonio del Pozo, uno de los teclados más brillantes a este lado de la realidad: "lo de agosto, cuenta lo tu agosto en blanco y negro, pirata solitario incluido". Al maestro se le obedece, aunque se le mienta. Yo le mentí, o casi; le di a entender que mi agosto en blanco y negro era en agosto. Y no.

En mi pueblo, los agostos nos llegaban en julio, el dieciocho de. Y en un par de semanas nos ventilábamos el verano. O se lo ventilaban, porque les hablo de los años sesenta y yo, entonces, no pintaba nada, solo asentía. Así sigo.

El 18 de julio (así en número como que impacta más) llegaba la paga doble y las vacaciones de dos semanas. Aquellos julioagostos de los sesenta me pillaron muy chico y muy solo, no había llegado una hermana que años más tarde vino a destrozar mi principado de hijo único. Tan niño era que entendía el verano como un periodo de la vida en la que uno se puede acostar tarde, beber cocacola y levantarse aún más tarde. Con esta anarquía horaria ya entenderán que de dormir la siesta, nada. Yo lo que quería era calle con los amigos, una calle desierta donde el asfalto se elevaba del suelo aspirado por el sol. Lo quería pero no lo conseguía, al menos hasta las cinco,  las cinco en punto de la tarde que era la hora lorquiana en la a que me levantaban el arresto preventivo. Es por la calor, cariño, argumentaba mi madre. Puede ser. Seguro que lo era.

Las horas de aislamiento, mientras mis padres echaban la siesta, yo las pasaba en un local que unía mi casa con la casa-tienda de ultramarinos de mis abuelos. El local era el almacén de la tienda que, y no sé por qué, le llamábamos "la bodega". Era un local amplio, espacioso, de techos muy altos con vigas de madera. Tenía un lavadero de piedra y estaba repleto de sacos de comestibles: patatas, garbanzos, azúcar...entonces se vendía a granel. Recuerdo, como en un sueño, botellas de Oranje Crush y de Mirinda, de sifones y de La Casera, y garrafones con vino "de la casa". Otras vasijas, ahora vacías, sirvieron años atrás para trasportar de estraperlo, aceite, harina y otras necesidades racionadas por una guerra tan cruel como estúpida.



La Bodega no era vieja, era antigua, como el barco pirata que imaginaba en esas horas en las que sólo yo era capaz de guardar el castillo mientras todos los mayores, ¡irresponsables ellos!, yacían despreocupádamente sesteando el calor julioagosteño. En la bodega, y subido al barco pirata, me anudaba al cuello el delantal de mi abuelo como si fuese una capa; y dos caballos de cartón que tuve hasta que dejé de ser hijo único, Pocholo y Lucero, los alisté como piratas de compañía. Años más tarde supe que los piratas no usaban capa ni llevaban caballos en el barco, lo que me hizo sospechar que los piratas no eran tan buena gente. El argumento de mis historias de piratas eran de tal simplicidad que, de haber introducido algo de sexo -¡Rita Hayworth, Guau, qué gran pirata!- hoy me los hubiera comprado Tele-5 : los piratas de mi barco, o sea yo, eramos lo buenos; los otros, los malos. Ganábamos los buenos.

-Niño, son las cinco. Las cinco en todos los relojes, las cinco en sombra de la tarde. Puedes salir.

Salía. Y un bofetón de sol julioagosteño me devolvía a la realidad.

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