-¿A la Iglesia dices? No hace falta, vale con el pésame. Después de todo no hemos heredado.
-¿Entonces...? Tengo libre hasta las ocho
-Estupendo. Son las siete y veinticinco, en cinco minutos nos plantamos en la terraza del Búho. La hora perfecta
La media hora que separa las siete treinta de las ocho de la tarde es el momento que Dios ideó para tomar un gintonic en la terraza del Búho Bizco. Flojito, un gintonic de media tarde, nada que ver con el último pelotazo de la noche. Con clase, ¿pillas la idea? Hacia estas reflexiones en voz alta para entonar a mi amigo, un tipo normal que se había encontrado con media hora libre a cuenta de un funeral. Es buena gente, oficinista de los de antes; aún guarda unos manguitos en su casa. Tan buena gente que por un momento me arrepentí de llevarlo al Búho Bizco. ¿Qué va a pensar de mi cuando vea que me tuteo con Lola, Jota o Goran? Y luego está lo de la Ricchi. ¿Podrá soportar tanta emoción y continuar luego con sus `DEBE´ y` HABER´? ¡Qué coño!, me dije, un leve sobresalto no le irá mal para acelerar su ordenado corazón de contable.
Las ocho, se le acaba el recreo a mi amigo. ¡Cuando quieras, Príncipe de los Números!, le dije con esa guasa que derrocha uno los días en los que, sin saber por qué, se ha venido arriba. El Principe de los Números me hizo una discreta señal con su mano derecha al tiempo que una enigmática sonrisa se iba dibujando en sus labios. Sólo cinco minutos, me dijo. Y se levanto pausadamente, con una magestuosidad que jamás había visto en un contable; se irguió, alisó su chaqueta de entretiempo y avanzó dos pasos. Absorto como estaba con el Príncipe de los Números, no me di cuenta hasta ese momento a quién se disponía a saludar.
Eeeehhh...pero...., balbuceé. Pssssiii...., siseó.
Sí, era ella, la Ricchi, Martini Hemingway en mano. La misma Margarita Ricchi a la que sólo tengo acceso en mis sueños y mis fantasias, la mujer que mejor luce una falda de tubo y zapatos con tacón de aguja...¡y le está plantando dos besos al contable!
¿Eres su amigo?, la voz suave y decidida de Ricchi me dejó mudo; respondí agitando la cabeza arriba y abajo. Estupendo, siguió ella, siendo así ya sabes que unca te faltará un rinconcito en la terraza del Búho Bizco.
El Príncipe de los Números se me acercó:
-Tranquilo, machote, está todo pagado. Quédate un ratito si quieres, yo tengo que cuadrar unos números.
Desde aquel día, siempre doy el pésame en la Iglesia
