jueves, 20 de septiembre de 2012

Veinte minutos de una tarde de domingo

Domingo, siete y media de la tarde.

¡¡¡Ring-,ring, ring-ring!!! Miro la pantalla del móvil. No conozco el número. ¡Sí, dígame! Al otro lado del teléfono me saluda una voz femenina: soy María, la mujer de Gutiérrez (nombres supuestos), he encontrado tu número en su agenda. Su voz es entrecortada, casi imperceptible. Me cuesta procesar el mensaje.

Gutiérrez es un viejo amigo. De los tiempos de la Universidad. Junto con un tercero, pongamos García, nos solemos reunir cada cierto tiempo  para comer y charlar. Ya les hablé de ellos. El último contacto que tuve con Gutiérrez fue en primavera, le mandé un email: "Correo de verificación. Si estás bien devuélvemelo con un saluda." Su respuesta: "¿Quedamos para comer?" Cumpliendo el protocolo que tenemos establecido para estos casos, me pongo en contacto con García para fijar fecha: antes de que acabe junio, me asegura. Y pasó julio y pasó agosto sin casar agendas. Hasta el domingo a las siete y media de la tarde.


Gutiérrez está muy mal, me dice Maria, su mujer, por teléfono. Silencio. Apenas conozco a Maria, pero ella sabe que somos amigos, incluso amigotes. ¿Donde está, lo puedo visitar? Su respuesta es como un puñetazo en la boca del estomago: mañana mejor que pasado, en el hospital. Le pregunto si ha hablado con García, el otro amigote. Lo quiero llamar ahora, contesta. No te preocupes, yo me encargo, le digo en un intento por descargarla de liturgias. Me despido y marco el móvil de García. Desconectado, ¡él, que nunca apaga el móvil! Llamo a su casa y se pone su mujer, la saludo y pregunto por mi amigo. Con voz contenida me dice que no está. Silencio de nuevo. ¡Joder, no puede ser!, pienso. Finalmente rompe el silencio: está hospitalizado. Me toca mover ficha y no sé qué decir. ¿Qué le pasa?, pregunto al fin con un hilo de voz. Ella calla, lo medita en medio de un sonoro silencio. Un cúmulo de mala suerte, contesta. Y antes de que me lo preguntes -aclara- no permiten visitas, sólo la mía, y no todos los días; quizá en unas semanas. Le cuento el motivo de mi llamada. Otra vez silencio. Miro el reloj, las ocho menos diez. Han pasado veinte minutos de una tarde de domingo, sólo. En realidad han corrido treinta años por el teléfono.

Lunes por la mañana, junto a la cama de Gutiérrez. Le cojo la mano, la aprieto. Él me ofrece la mejilla y yo bromeo: ¡qué no beso a tíos con barba, chaval! Hoy, sí -me susurra- porque hoy es el último día que nos vamos a ver.

Me voy. En el mostrador de información del hospital hay un periódico. Lo cojo mecánicamente, supongo que lo robo. Lo abro al azar: dos páginas de Bolinaga. Fiscales, forenses, políticos, periodistas y analistas de toda condición debaten si el terrorista debe estar en prisión o en su casa, si le queda un año de vida o seis meses, cuál es su peso y cuáles son sus constantes vitales. Me dan arcadas. Arrugo el periódico y lo tiro con desprecio. ¡Dos páginas hablando de la salud de un asesino, de un tío que ha matado; y ni una misera linea de un hombretón que le ha pedido un beso de despedida a un amigo!

¡Qué gran país éste para emigrar!



lunes, 3 de septiembre de 2012

Fiestas en el Barrio Búho

A ver, ¿estamos todos? ¡Paso lista!:

Tú, tú y tú. También tú, y tú. Sí, y tú y...eh, ah, aaaah...que estabas en el baño. Vale, estás. Así por encima creo que estamos . Tú mismo, cierra la puerta. ¿Qué, quién?, ah, el inspector Gracia; sí, ya sé que falta, está de vacaciones en Tenerife, lo he visto en el feisbuc. ¡Cierra la puerta de una puñetera vez! (ya, ya sé que los modernos dicen `puta´ en lugar de esa ñoñeria de `puñetera´. Pruebo: ¡cierra la puerta de una puta vez!. Sí, mucho más contundente, ¡dónde va a parar!). Lola, coge cinco duros del bote antiguo y dale caña a la puta gramola. (sí, creo que tienes razón, no se puede abusar de los tacos. Han de sonar naturales y espontáneos. Hagamos como que no lo hemos oído) 


Damas, caballeros, El Búho Bizco, como cada año desde que el año es año, se engalana para la celebración de las entrañables fiestas del barrio. ¡Viva el Barrio Búho y sus fiestas patronales!


-Pues no lo sé, Margarita, no sé quién es el santo patrón del barrio, imagino que San Búho Mirón o alguien así, ¡vete tú a saber! Mira, lo importante es quedar bien con el concejal de fiestas para que nos subvencione los arreglos florales, las guirnaldas y la cuota de este mes del SGAE  -Mientras hablo con Margarita Ricchi, observo de reojo a Goran acercándose hasta el extremo de la barra donde estamos conspirando.

- D. Jota, dígame una cosa -cuando Goran, el exmafioso albanokosovar, me dice serio "dígame una cosa", presiento que es una encerrona- ¿saben si hay un concejal de empleo como lo hay de fiestas?

-Ni puta idea (joder, tengo que dejar la mierda esta de los tacos) ¿Por qué?

-En todos los barrios de todos los pueblo que he visitado, hago la misma pregunta. Y todos me responden lo mismo: no saben si tienen concejal de trabajo; y si lo saben, no conocen quién es. El de fiestas lo conoce `tóDios´

-¿Y?

-Me parece que conocer al concejal de la fiesta y no saber quién es el del trabajo dice mucho de ustedes como país. Creo yo, D. Jota. Y perdón por la osadia.

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miércoles, 18 de julio de 2012

La terapia del olvido

Leo esta noticia  y me pregunto que para qué. 

Confieso que la manipulación de los dispositivos que traemos de serie me pone nervioso, me da un no sé qué. Que las cosas para lo que son. No sé, digo yo. Pero pensando pensando y echando mano de la memoria, caigo en la cuenta de que hay artilugios que aun usados conforme al manual tienen unos resultados pavorosos. Pongo un caso:  la democracia, las urnas, el derecho al voto y las jornadas de reflexión, sobretodo las jornadas de reflexión. Pues hay casos en los que se cubren todas las fases de la liturgia y va y te sale un Hitler. Por eso digo yo, por eso y por decir algo, que la manipulación más peligrosa es la de las intenciones.

Voy al tema: Alterar la memoria borrando determinados episodios de nuestras vidas tiene aplicaciones terapéuticas, dicen o me ha parecido entender que dicen. Borrar de la memoria momentos dolorosos, eliminar de nuestro disco duro imágenes envueltas en tragedia, ayuda a sobrevivir.


Puede ser. Para épocas de bonanza puede ser: tachamos los malos recuerdos y nos quedamos tan ricamente saboreando la paga doble de vacaciones. Es una aplicación.

Otra, la Aplicación B: desvanecemos los buenos recuerdos, aquellos en los que había paga doble por vacaciones o simplemente vacaciones. O trabajo del que `vacacionar´. Se trata de eliminar referencias de tiempos mejores, de evitar comparaciones que provoquen depresiones de las de encerrarse en el sótano con la luz apagada.

No lo duden, en los tiempos que sufrimos, la Aplicación B se la van a quitar de las manos si deciden comercializarla.


(Me han asaltado a la memoria momentos en los que me hubiera venido muy bien la Aplicación B. Con catorce o quince años, o con ambos, interno en un colegio en régimen de semiesclavitud, sufría unas angustias menopaúsicas recordando las vacaciones de Navidad o de Semana Santa que acababa de disfrutar. Miraba el reloj y me torturaba como un imbécil contándome a mí mismo que una semana atrás, justo a esta hora, estaba en el cine con...sí hombre, la rubita ésta...Pero mi memoria no era lo suficiente flaca, y si no recordaba el nombre, me acordaba del color del pelo. Y eso deprime. ¡Lo que hubiera dado por una dosis de Aplicación B!)

Pinchen aquí y conozcan el umbral de la decencia. La corrupción con franquicia. Cosas de Plinio



viernes, 13 de julio de 2012

Feliz Viernes 13




A los anglosajones les da cosa el viernes 13. Como a nosotros el martes 13. Viene a se lo mismo: supersticiones.

O no. 

Tal vez los collafóbicos, también conocidos como friggaatriscaidecafóbicostengan razón. 

¡Ojo a este dato!: la reunión del Consejo de Ministros se celebra los viernes.

Aun así: Feliz fin de semana de viernes 13. Y que los recortes nuestros de cada viernes les coja con todo hecho.


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miércoles, 11 de julio de 2012

¿De dónde son?


¿Ha sido dura la marcha?, pregunta la aguerrida periodista. Mucho -contesta un heroico minero-, con mucho calor y  muchos kilómetros.



Pero ya están en Madrid, en el rompeolas de todas las manis. Han entrado bajo bandera como Franco llegaba bajo palio. Pero es distinto; ellos, los mineros, luchan para dejarles a sus hijos un trabajo que pagaremos el resto de los españoles. Son leyenda. Son la mística obrera, el ariete de la revolución. Tiznados con las entrañas de la tierra, con los ojos tristes por la oscuridad de la mina, con el alma blanca para combatir la negritud de su trabajo...canta, Victor, tú sabes de qué va, te lo ha contado tu abuelo.


Los he visto por televisión, cómodamente sentado en el sofá de casa de mis padres y tomando una tarta que mi madre ha preparado por mi cumpleaños. Mi padre me acerca un gintonic: vamos, aunque sea miércoles,  también celebramos nuestro aniversario y tu madre quiere verte contento. Miro la pantalla de la tele: mineros, prejubilados, sindicalistas, políticos y artistas progres jaleados por un puñado de madrileños...me acuerdo de "Talleres García"; han cerrado, cinco a la calle, uno es mi primo, demasiado joven para jubilarse, demasiado viejo para reiniciarse. Lo sabemos la familia, los Garcia y los clientes de los García

-¿Qué te parece lo de los mineros, hijo?
- Lo de mi primo sí que es una putada, papá. Y nadie lo sabe.
-Son pocos, chaval, son pocos. Y no dan la estética revolucionaria.

Me fijo en las imágenes de televisión: banderas regionales y banderas viejas de un siglo pasado. Ninguna Nación.

-Mira las banderas, papá. 
-Sí, a mi también se me antojan lejanos. Extraños. ¿De dónde crees tú que son?
-Del país de las maravillas, quizá.

Plinio

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jueves, 5 de julio de 2012

Nos observan (otra vez)

El 15 de junio de 2010, con ocasión de los mundiales de fútbol, escribí el siguiente post. Ni quito ni pongo. Aún está vigente, creo.





Hace dos años:

Nos observan.

Pulsan nuestro desmedido ardor patriótico durante los partidos de fútbol del Mundial. Toman nota de las banderas nacionales ondeando al viento. Sonríen satisfechos al comprobar las ovaciones cerradas que le ofrecemos a nuestros ídolos y al escuchar nuestros gritos de júbilo. Fotografían nuestros rostros pintados con los colores nacionales y nuestras camisetas imitando a los jugadores.

Anotan en su agenda: Les gusta el camuflaje, los uniformes y los símbolos guerreros. Se enardecen con facilidad y siguen a los lideres. Aptos para la guerra.


¡Alemania, temblad, vamos a por vosotros!




En la actualidad:
Aclaro: la referencia a Alemania no me la inspiró la Merkel. En los Mundiales de Sudáfrica nos encontramos con Alemania en las semifinales. Les ganamos. ¿Se están vengando?
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